1. La huella (1972)
Entre los grandes duelos interpretativos del cine, esta película ocupa un lugar privilegiado y Michael Caine está en el centro de su precisión venenosa. Su Milo Tindle combina aplomo, inseguridad y cálculo con una sutileza extraordinaria, sosteniendo un juego de máscaras que exige exactitud milimétrica. Es uno de los trabajos que mejor resumen su inteligencia como actor y una pieza imprescindible para entender su ascenso al canon británico.